El peregrino había preferido no revelar su nombre y no había mencionado su lugar de origen ni su familia. Pero, como era tradición en la Edad Media, la abadía de York abrió sus puertas para ofrecerle la paz y tranquilidad que el hombre solicitaba. Sin embargo, a los pocos días el viajero cayó enfermo y el hermano Wulfstan, enfermero del convento, acudió en busca del más prestigioso boticario de la comarca. Con el medicamento recetado, el hombre pareció empeorar y su muerte no tardó en llegar.
La misma noche de la defunción el boticario que proporcionó la pócima a Wolfstan es encontrado en estado catatónico en los jardines de la catedral. Pese a lo desconcertante del suceso, ambos casos podrían haber caído en el olvido a no ser porque, poco después, un importante protegido del clero fallece con los mismos síntomas que el peregrino.
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